Alguna vez el problema de la felicidad y sus causas fue materia de desvelo exclusiva de artistas y filósofos. Hoy eso es cosa del pasado: cada vez son más los científicos que desde ciencias como la Economía, la Psicología Positiva y las Neurociencias se interesan en esa emoción que desde tiempos de Aristóteles se considera el fin más preciado del hombre. No conformes con definirla, los científicos enrolados en esta corriente la miden y estudian los factores que la favorecen y la desalientan. Una tendencia que gana adeptos y genera más de un best seller, pero que al mismo tiempo despierta críticas de otros científicos que cuestionan la forma en qué se define a la felicidad y las categorías que se utilizan para medirla.

Los orígenes de estos estudios se remontan a mediados de los años ’70, cuando en muchos países desarrollados mejoraron sustancialmente los índices de riqueza y de calidad de vida, sin que esos indicadores tuvieran su correlato en la sensación de felicidad de sus poblaciones.

Esa es una de las hipótesis que postula el economista y parlamentario inglés Richard Layard, fundador del Centre for Economics Performance de la London School of Economics, quien convirtió en un éxito editorial su libro “La felicidad, lecciones de una Nueva Ciencia” en el que resume las últimas conclusiones a las que arribó la economía, la psicología, la filosofía y la política social en torno al tema. Y concluye proponiendo que el parámetro de felicidad de un país reemplace al de crecimiento para medir su progreso y convertirse en la meta de toda política económica moderna.

El libro de Layard no está solo. La World Database of Hapiness de Rotterdam, Holanda, reúne más de 3.000 estudios científicos publicados sobre la felicidad en los últimos 20 años. Allí definen a la felicidad como la apreciación subjetiva de la vida o dicho de otro modo, cuánto le gusta a uno la vida que lleva. Y esos trabajos fueron el punto a partir del cual el periodista norteamericano Eric Weimer escribió su libro “La Geografía de la Felicidad” en el que traza un mapa de los países más y menos felices de la Tierra. ¿Con qué resultado?: los escandinavos (especialmente Dinamarca, Islandia y Finlandia) a la cabeza, los africanos Tanzania y Zimbabue al fondo de la tabla y los latinos en el medio, registrando un plus de alegría basado en fuertes vínculos familiares que hace que se registre una mayor independencia entre contento e indicadores económicos y políticos.

Para Weir, las principales variables que hacen más felices a los países escandinavos es que se trata de países ricos, democráticos, bien gobernados y que ofrecen un amplio abanico de posibilidades y de libertades a sus poblaciones. La contracara la representan los países africanos.

En el plano personal, los trabajos dan algunas pistas que pueden ayudar a incrementar la sensación de dicha: entre ellos darle importancia a los afectos, mitigar el individualismo, no competir y no plantearse metas excesivas. Y hasta consumir pequeñas dosis de chocolate.


COMO SE MIDE

Según los últimos avances en el campo de las neurociencias, en la parte anterior izquierda de ese órgano se experimentan los sentimientos positivos, mientras la parte anterior derecha reacciona ante los negativos. El impacto de la felicidad se puede medir también en la presión sanguínea, en la química corporal y en el ritmo cardíaco, así como también en el grado de motivación de las personas.

Con todo, tanto la forma de definir a la felicidad como las categorías utilizadas por las ciencias sociales para medirla reciben cuestionamientos por parte de científicos que critican su grado de efectividad. El sociólogo platense Enrique Fernández Conti se cuenta entre quienes hacen estas observaciones y consideran limitado el alcance de estos estudios, que no apuntan a resolver cuestiones de fondo del sistema, sino a mejorar aspectos puntuales.

“¿Cómo se hace operativo y manejable para una investigación un concepto como ‘felicidad’? Yo preferiría hablar de calidad de vida, que creo que en definitiva es el fondo de todos estos planteamientos, preocupados más por el bienestar y la calidad de vida que por la felicidad. Y que representan una crítica instrumental al sistema, que sólo buscan retocar algunas cosas”, dice Fernández Conti.

La tendencia también ha motivado que le salgan al cruce otros expertos como Eric Wilson, de la Universidad Wake Forest, de Carolina del Norte, quien en su libro “Contra la felicidad: Elogio de la Melancolía” no sólo cuestiona esta obsesiva búsqueda de la dicha, sino que reivindica a la melancolía, como un estado que se ha convertido en fuente de creatividad, ingenio y brillo intelectual a través de los siglos. Y subrayan que no es casualidad que los estudios de la felicidad surjan con tanta fuerza en el mismo país que es cuna de los antidepresivos, el botox y el boom de los libros y clubes de autoayuda, destacando que tras la búsqueda de la felicidad palpita más de una sensación de vacío.

EL PAPEL DEL DINERO

Uno de los renglones que motiva un especial interés de los especialistas es el rol del dinero en la felicidad. Y los resultados de algunas investigaciones, en este sentido, resultan sorprendentes. No sólo muestran que el peso de la riqueza es relativo para alcanzar la plenitud, sino que sostiene que un aumento de los ingresos, o aún la adjudicación de un premio importante o herencia, producen un efecto limitado en el tiempo. También destacan que los factores económicos pueden en algunos casos mejorar la sensación de felicidad, pero en ninguno garantizar la felicidad plena.

En 1975, mencionando trabajos como los de Gardner y Oswald, que analizaron la felicidad en aquellos que ganaron la lotería y recibieron herencias. Y descubrieron que las ganancias provocaban mayores niveles de felicidad hasta un año después de recibidas, pero que el efecto se diluye con el paso del tiempo.

Es que dentro del universo de las investigaciones realizadas en la materia esta es una conclusión frecuente también subrayada por Layard, quien la define como “adaptación”: nos acostumbramos rápidamente a la mayoría de los bienes materiales y dejan de producirnos satisfacción.

¿Por qué a veces los mayores ingresos se traducen en más felicidad y otras veces no? Victoria Giarrizo remite a un estudio realizado en 1985, según el cual las personas miran su posición relativa respecto a otros individuos y no sus ingresos absolutos.

En este sentido, Richard Layard menciona en su libro un estudio realizado en la Universidad de Harvard: a un grupo de estudiantes se les preguntó si preferían ganar 50.000 dólares al año y que los demás ganen 25.000 o ganar 100.000 y que los demás ganen 250.000. La mayoría eligió la primera opción.

Fuente: Revista Domingo de El Dia

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