“La naturaleza del hombre es la misma; es el hábito lo que nos diferencia”
Confucio
Somos la suma de nuestros hábitos diarios. Las acciones que repetimos una y otra vez componen nuestro día, nuestra semana, nuestros años, nuestra vida.
Aristóteles planteó los hábitos como virtuosos, si eran buenos, o vicios si eran malos, teniendo en cuenta solamente el aspecto moral de los mismos. David Hume (1711-1776), por su parte, afirmó que los hábitos tenían más que ver con el conocimiento que con lo moral.
Un hábito es un patrón recurrente, a menudo inconsciente de un comportamiento adquirido por medio de repetición frecuente. Esta repetición se transforma en hábito, el cual permite a la persona completar una acción sin pensamiento consciente o atención. Es positivo, en el sentido que nos libera del trabajo al emprender tareas aparentemente aburridas, pero negativo pues es difícil pararlos una vez se comienzan. Dado que el hábito puede llegar a manejar la conducta, es importante adquirir conciencia y percatarse al adquirirlo antes de correr el riesgo de que se transforme en una adicción.
Los hábitos pueden ser “buenos” o “malos” dependiendo si re refieren a actividades que debemos o no hacer. Si tenemos en cuenta que el contacto con la realidad es lo que evita que error se convierta en hábito, también podemos pensar que si queremos modificar nuestros hábitos, es preciso volverlos conscientes, y recurrir a la inteligencia emocional, preservando el logro, colocando lo ideal en la mente y teniendo la iniciativa para el cambio.

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